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donde están los derechos?

En demasiados lugares del mundo se olvidan de los derechos humamos en general y de los derechos humanos de las mujeres en particular. Y afirmo esto porque en los últimos tiempos descubro noticias relacionadas con este tipo de cosas que me ponen los pelos como escarpias.

El proyecto que una ONG lleva a cabo en Camboya para educar a las niñas de ese país que no tienen derecho a la escolarización debido a que se ven obligadas a trabajar en la agricultura para ayudar a sus familias, o son esclavas sexuales a edades muy tempranas, con lo cual su derecho al acceso a la cultura desaparece.

En Arabia Saudí se ha dicto una sentencia de sesenta latigazos contra la periodista Rozanna al-Yami, quien fue hallada culpable de participar en un programa de televisión donde un hombre saudí habló sobre sexo. Rozanna es la primera periodista en recibir esta condena que la Federación Internacional de Periodistas calificó de brutal, inhumana e injusta. Tampoco el derecho a la libre expresión es posible en algunos países islámicos, como comprobamos en este caso.

Además nos encontramos con que la situación de miles de mujeres de la etnia hazara en Afganistán puede que sea peor que hace apenas un año después de la aprobación a hurtadillas del nuevo código de familia Chií que las deja sin derecho prácticamente ni a respirar. Y no me refiero únicamente a la utilización obligatoria del Burka, sino a la limitación de sus propias libertades de movimiento y de acción y a la obligatoriedad de mantener relaciones sexuales con sus maridos cada vez que a estos les apetezca sin tener en cuenta su propia voluntad.

O las mujeres palestinas que viven su situación de ocupación política y personal con una fuerza digna de encomio, pero al mismo tiempo son rehenes de la propia causa política palestina, puesto que son utilizadas como escudos humanos y, al mismo tiempo como procreadoras de muchos hijas e hijos por una cuestión política. Además de ser muchas las viudas, madres huérfanas de hijos e hijas por haber perdido a demasiados hombres en este largo conflicto con Israel.

Y las mujeres africanas a las que someten a numerosas mutilaciones sexuales de distinta índole dependiendo de la zona geográfica en la que nacen o a la etnia a la que pertenezcan, pero que además son utilizadas como armas de guerra en los diversos conflictos armados que corroen el continente africano. Son expoliadas de su propia identidad para convertirse en esclavas sexuales de los señores de la guerra y de los soldados de los diferentes bandos en guerra para humillar al contrario.

Y las mujeres del sudoeste asiático cuyas hijas son vendidas para ejercer como esclavas sexuales que alimentan un turismo sexual en alza, por mucho que se denuncie por parte de organizaciones humanitarias. Tampoco quiero olvidarme de las niñas de la calle de algunos países de América central y del sur, que se convierten en carne de cañón para traficantes de todo tipo y despojadas de todo, hasta de sus propias identidades.

¿Dónde están los derechos humanos básicos de estas mujeres? ¿Dónde queda su derecho a una vida en paz y digna? ¿Por qué les han sido arrebatados derechos básicos como el de la educación, el de una infancia en paz, la libre circulación o expresión? ¿Por qué se las expolia incluso de su propio cuerpo convirtiéndolo en campos de batalla, en elementos de uso y consumo de hombres que lo necesitan en demasiadas ocasiones para humillar al contrario o para demostrarse no se sabe muy bien qué valores ancestrales?

Y mientras a quienes habitamos en las acomodadas sociedades occidentales se nos olvida el sufrimiento de todas ellas, de todas esas mujeres y niñas para quienes el simple hecho de vivir debe ser la peor de las pesadillas imaginables. Pero nuestro imperdonable olvido, no significa la desaparición de su sufrimiento. Su recuerdo, su presencia en la lejanía debe estar presente en cada una de nuestras reivindicaciones de nuestro día a día, puesto que nuestra lucha por una sociedad más justa, más equitativa y con un mejor reparto de las riquezas, en todos los sentidos, ha de incluirlas, puesto que sin ellas, sin su presencia aunque estén lejanas, no podríamos ser como somos, ni vivir como vivimos.

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